divendres, 20 d’abril de 2007

La Cueva de Hércules, Toledo

La cueva toledana de Hércules, forma parte, es uno más, de los enigmas históricos de la ciudad, hay quien dice que el subsuelo está lleno de cavidades y al poco se manifiesta otro aseverando, que en realidad es una sola cavidad la que forma un extenso laberinto de cientos de kilómetros de desarrollo. El caso es que, sea una sola o sean cientos de ellas, la de Hércules es la más popular.
Aquellos narradores que aflautan misteriosamente la voz al contar las historias, dicen que fue durante el reinado del mitológico rey Tubal, nieto de Noé y fundador de la primera monarquía española, cuando el héroe Heracles llegó hasta la ciudad y se bastó con las manos para excavar una enorme cueva donde instruir a los iniciados en el arte de la práctica mágica y ciencia adivinatoria, fue así como nació la Escuela Nigromante de Toledo. También dejó guardada en el lugar la “Mesa de Salomón”, la que se había mandado hacer para el mismísimo Templo de Jerusalén.
Para encubrir el secreto de la espelunca, en la que ya se habían alcanzado los niveles más altos del conocimiento, Hércules edificó un magnífico palacio sobre la cueva; con esa construcción pretendía que el acceso se mantuviese bien seguro tras un segundo paso.
Como legado de sucesión a su reino estableció también que cada nuevo rey que accediese al trono, no sólo se abstuviese de penetrar en la caverna, sino que además deberían añadir un nuevo candado a la puerta para que nadie pudiera desvelar el secreto mejor guardado. Con el tiempo la mansión empezó a conocerse popularmente como “El Palacio Encantado”.
Muchos soberanos se sucedieron en aquel trono hasta llegar quien rompiera los cierres de la puerta que protegían el secreto. El monarca era don Rodrigo, duque de la Bética y miembro de la familia de Chindasvinto, quien hizo saltar los pasadores de veinticuatro candados para poder traspasar la puerta. Traicionó a sus ancestros, provocó el maleficio.
Al penetrar en el subterráneo, escrito sobre la pared a modo de advertencia y amenazante sortilegio, se pudo leer sin dificultad “Vuelve por donde vienes, donde ahora vas está la muerte”. Don Rodrigo, era un valiente caballero y no se dejó intimidar por tan espuria amenaza, siguió adelante por las tenebrosas galerías. Dice la leyenda que atravesó varias cavernas, una blanca, de nívea cobertura, otra negra como cubierta de pez, verde una tercera, como el color que tiene las esmeraldas y una cuarta que era roja del color con el que fluye la sangre por las heridas.
Cuando al fin encontró un arca de madera creyó haber descubierto el secreto de la caverna, en el interior de la misma se guardaba una tela pintada en la que aparecían tropas a caballo, se hallaban bien pertrechas y armadas y estaban representadas bajo estandarte musulmán. Una inscripción en el paño advertía que quien, por haber desplegado la tela, mostrase aquellas huestes, induciría a que los que así vestían invadiesen los territorios de la Iberia hasta enseñorearse de ellos.
Lo que hasta aquí se narra como leyenda se materializó en la primavera del año 711 cuando los musulmanes dirigidos por Tarik, cruzaron el estrecho de Hércules e invadieron los territorios de la Iberia. En la batalla que Rodrigo entabló contra los invasores en Wadi Lakka, lugar que se ha identificado como el río Guadalete junto a Barbate, en Cádiz, los visigodos fueron derrotados y el monarca perdió la vida.
Nada más se supo de la cueva de Hércules durante largo tiempo hasta que en el año 1546, el arzobispo de Toledo Juan Martínez de Silíceo (1546-1557), mandó una expedición que explorase los subterráneos de la ciudad. Según se narra en los Anales Toledanos, los exploradores que se habían enviado al lugar, salieron muy impresionados por lo que allí habían visto. Hablaron de caudalosos ríos subterráneos, de estatuas gigantescas que tenían vida y movilidad y también otras muchas visiones fantasmagóricas que los hizo estremecer. Tras esas sobrecogedoras descripciones la cueva fue cegada para que nadie entrase jamás y soliviantase la tranquilidad en aquel mundo.
En 1851 unos jóvenes toledanos tuvieron la osadía de explorar nuevamente el lugar, pero se sorprendieron al hallar únicamente una estancia subterránea de 15 metros de larga por 10 metros de ancha con una altura bastante escasa.

En la “Guía de Toledo” del vizconde de Palazuelos, escrita en 1890, se dice: “…en los extremos de la estancia hay ciertos boquetes o puertas tapiadas que, sin duda, comunican con alguna bóveda inmediata”.
En 1973 un estudio del destacado ingeniero Carlos Fernández Casado (1905-1988), concluía que aquella sala hipogea no era sino una cámara abovedada, empleada como cisterna para el abastecimiento de agua a la Toletum romana. El suministro comenzaba con la captación en la presa de Alcantarilla a 38 kilómetros de la ciudad y atravesando el Tajo por un acueducto, con restos todavía visibles hoy en día, hasta precipitarse en el aljibe subterráneo, situado en lo que fue Judería Menor de Toledo, en el barrio denominado Alcaná o El Alcaná, vocablos que derivan del árabe con el significado de El Canal, en el Callejón de San Ginés, justo debajo de donde antes estuvo la iglesia visigótica dedicada a ese santo, desacralizada en 1794 y finalmente demolida en marzo de 1841.
En la primavera de 2003 el Consorcio de Toledo inició el estudio arqueológico del enclave con el que se concluyó la datación romana del depósito, construido durante el siglo I de nuestra se ejecutó mediante el empleo de bloques de piedra granítica cementada con mortero de cal y arena revestidas posteriormente con una capa de yeso. El contenido del aljibe se cifraba con una capacidad de 273 m3.
La antigua cueva estaba situada debajo de la iglesia de San Ginés, en el interior de la cual tenía la entrada. El segundo acceso estaba situado por alguna de las casas vecinas. En la campaña arqueológica aparecieron así mismo vestigios de los cimientos de la iglesia de San Ginés, y la ubicación del camposanto. Oculto en los muros aparecieron diversos materiales vinculados con un scriptorium, entre los que había un pergamino manuscrito con caracteres árabes de un dialecto desconocido, en el que sólo ha podido identificarse la palabra “Hércules”. En la lista de hallazgos se contiene entre otros objetos, un punzón de madera, un cálamo, y el cuello de un recipiente cerámico.