dijous, 8 de març de 2007

Química revolucionaria


El arte del flirteo adúltero es una formula química. El otro también lo es, pero ambas formulas difieren por el número de individuos que las componen y en consecuencia el numero de afectados que se resienten con las consecuencias que se deriban. Con la atracción, el deseo, la pasión y el riesgo que se siente durante esos encuentros se generan todo un complejo de compuestos químicos que se enganchan a nuestro cerebro inoculando una sensación satisfactoria de estres que puede hacernos correr el riesgo, semejante al que en la practica de algún tipo de deporte produce lanzamos al vacio, de entregarnos inermes a la placentera practica del sexo con engaño.
Si la atracción física despierta el deseo, y este desata la pasión y aquella conduce al amor irrenunciable, habremos recorrido un camino a escondidas que no tendríamos que haber iniciado si nos asusta el haber llegado tan lejos. Si hemos permitido el trascurso de todas esas fases era porque nos atraía la práctica de ese juego. Las razones que cada uno tiene para ello son tan personales, heterogeneas y peregrinas que no entraré en más disquisiones. Cuando en cada una de las fases que se suceden mientras se avanza en la práctica de ese juego, el otro participante nos reclama que completemos definitivamente el ciclo, la aceptación de condiciones podrá ser para nosotros más o menos escitante y arriesgada, pero la asumimos como si se tratara de un itinerario que hemos superado con exito. Tienen mucho de agasajo personal las conquistas sexuales.
Ingerir un coctel químico de amor furtivo acarrea mutaciones relevantes imprevisibles y todavía no están muy bien estudiadas. Al menos, de existir, aún no se conocen popularmente. Sospecho que de generalizarse la practica, y no me refiero a que lo persigan unos cientos de miles de parejas, no, sino de conseguir ecumenizar el sexo adultero, el sistema establecido, tal y como lo conocemos de aparente y ordenadito dejaría de existir. Es así de potente y fuerte el amor libre. A los políticos, muchos de los cuales lo practican desaforadamente, por aquello de que engordar el ego y otra cosa, no les hace ni pizca de gracia que los mortales se solacen promiscuamente. Hasta donde podíamos llegar de ser así. La Iglesia pone a disposición de los próceres todo un infierno para que el tema no se les escape de las manos.
Hay una larga lista de amores furtivos, tanto como posturas sexuales practicadas desde la antigüedad. Ayer inicie este escrito al observar uno de esos amores furtivos en mi entorno. La legislación los pena cuando el deseo es unipersonal, y entonces se le llama acoso, pero acepta cualquier otra relación cuando hay consentimiento entre las partes implicadas.
-¿Ya no se esconden de la gente?.
Sí, todavía lo hacen. Aunque esas relaciones acaban saliendo a flote y se adueñan de la situación.
Ahora tienen un largo camino superado. Que bien estará el tiempo en que no existan condicionantes sociales y pueda darse rienda suelta a las pasiones e instintos sin que se rindan cuentas sociales, confesionales e incluso legales. ¡Cuanta libertad colectiva administrada!. Mirad lo que os digo. -Que no se pierda nada en nombre de los buenos pensamientos y de la convivencia, siempre andan disfrazados de razones altruistas.

Canon 1155: " El cónyuge inocente puede admitir de nuevo al otro a la vida conyugal, y es de alabar que así lo haga; y en ese caso, renuncia al derecho de separarse".

Ya en canon 1152 & 2 y & 3, se dice que, la condonación o perdón otorgado por el cónyuge ofendido al consorte adúltero impide de forma absoluta que pueda establecerse la separación perpetua de los cónyuges por adulterio. Aunque el cónyuge ofendido, evidentemente, no tiene la obligación de perdonar al adúltero, sin embargo, el tono pastoral con el que empieza el legislador la redacción de este canon, anima al cónyuge ofendido a que, movido por la caridad cristiana y teniendo presente el bien de la familia, otorgue su perdón.

Colgado por Ramia