diumenge, 15 de juny de 2008

Un vuelo en Globo por el Baix Empordà

Era cuestión de tiempo y estaba a punto de golosina. La geografía del Baix Empordà la he recorrido de norte a sur y de mar a montaña. A pie, en barca, bicicleta y también en automóvil. He visitado los pueblos, entrado en las iglesias y saboreado su gastronomía. Prácticamente toda la comarca me resulta familiar, la he visualizado y reconocido desde todos los puntos posibles en que puede hacerse a escala humana. A ras del suelo, he gravado en la memoria los rincones más hermosos del territorio, los he retenido para mí junto a su entorno, lugares que me quedarán en la memoria indefinidamente idealizados. Cuando he repasado todos los elementos que los forman, la piedra, el árbol, la luz, y el horizonte de suaves perfiles fracturados que dibuja en tierra el cielo azul empordanés, he descubierto el viento. El viento si, tan natural él, que casi lo había ignorado.
De la Tramuntana poco se y todavía hay quien se empeña en hacerme dudar del poco conocimiento que tengo de las cosas. No ha mucho tiempo, alguien, no pretendo esforzarme en recordarlo, me aseguraba que ese viento procede del noreste. Hay muchas cosas en esta vida que no merecen discutirse, pero me he obligado a repasar los vientos para constatar que de esa dirección procede el viento de Gregal. Del norte, del puro norte, sin un solo grado de declinación, sopla la Tramuntana. Dicho queda en este escrito.
En esas condiciones se encontraba el día. Por la mañana de hace un par de sábados soplaba viento de tramuntana que hacía casi imposible que pudiese elevarse el globo. Nos aseguraba el piloto que saldríamos disparados como una centella en dirección al sur, hasta Palamós y más allá. Era inviable levantar el vuelo. Se lanzó una sonda que desapareció de nuestra vista en cuestión de pocos minutos. Esperamos. Joan Viñas, el aeronauta, nos dijo que esperásemos un poco, los vientos puros tienden a sorprender a quienes los observan esperanzados.
Pasado un cuarto de hora se lanzó una segunda sonda. Ascendió con un ángulo mayor del que lo había hecho el primero, pero todavía se alejaba de nosotros a gran velocidad. La situación iba a mejor. Había expectativas de volar.
Un poco más tarde se dio la orden de inflar la vela cuando el tercer globo sonda ascendió con una deriva sobre nuestras cabezas de velocidad moderada. La ocasión era óptima para volar y en pocos minutos estuvimos dentro de la barquilla y nos despegábamos del mundo en el pueblo de Ultramort.
En un vuelo con globo no existe más fuerza de aceleración que la del viento. Si acaso se emplean los quemadores que lanzan hacia el interior del aerostato llamaradas cortas pero suficientes para que se eleve el aparato en busca de nuevas corrientes. Ascendimos hasta 1050 m, una vez nos autorizaron desde el Centro de Control Aéreo del Aeropuerto de Girona.
La visión que tenía del Empordà era completamente nueva para mí. Alcanzábamos a contemplar toda la costa con un solo vistazo, desde el Cabo de Creus a Sant Feliu, la bahía de Rosas y Pals. Las desembocaduras de La Muga, El Fluvià y el Ter. Las montañas, con El Canigó al fondo, la Mare de Déu del Mont y Les Gavarres. Las poblaciones desde Girona a Palafrugell y Palamós, con La Bisbal, Peratallada, Pals, Ullastret y Vulpellac a nuestros pies. Después, todavía alucinados por la visión, descendimos hasta rozar con el suelo de la barquilla las copas de los árboles y navegar plácidamente siguiendo el curso del río Daró hacia Vulpellac y Fonteta, disfrutando lentamente del mismo punto de vista que tienen los pájaros cuando sobrevuelan esos paisajes. La maniobra de acercamiento y aterrizaje, mi mayor preocupación, se realizó mansamente con un contacto a tierra casi imperceptible. Lo que necesitábamos para no despertar de un agradable sueño que todavía perdura.


Ramix